Un maestro caminando con su discípulo cerca de un acantilado, en un atardecer plomizo. La lluvia comenzaba a caer, así que se apresuraron a buscar refugio en una casa pobrísima y yerma que se hallaba junto al barranco. Sus moradores, gente piadosa y generosa, los recibieron con amor y respeto; les ofrecieron un pedazo de queso, que hacían con la leche de la única vaca que tenían y una hogaza de pan, que les contaron obtenían haciendo trueque por la leche. También conseguían así la lana, y todo lo necesario para afrontar su muy pobre existencia. El maestro les preguntó si no cultivaban nada y le contestaron que no: todos sus cuidados se los prodigaban a la vaca que era el sustento de la familia. A la mañana luego de desayunar un tazón de leche con queso, el maestro y su alumno se fueron caminando luego de agradecer a la familia su hospitalidad. Cuando llegaron al barranco se encontraron con la vaca. El maestro se acerco y empujó la vaca al abismo. El discípulo, desesperado, no podía creer lo que estaba viendo. El maestro no dijo nada y siguieron caminando en silencio. Al año siguiente, ambos volvieron a pasar por allí, y para sorpresa del alumno, que se imaginaba la peor de las miserias, se encontró con un vergel florecido, con cultivos y la casita de la familia en construcción con tejas nuevas. En ese momento comprendió el silencio del maestro y pensó cuantas veces los humanos nos atamos a una mísera existencia, sin darnos cuenta de que lo nuevo, lo que está por venir, está plagado de todas las posibilidades y alternativas que queramos descubrir allí.
Extractado de El sendero del Medio
